M+37: Guernica

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Volver por Madrid: Check!
Escanear visualmente el Guernica: Check!!! Check!!! Check!!!
Olvidarme de mi dolor de estómago: Check!
Tomarme una coca cola Cherry: Check!
Indignarme en el museo: ¬¬ Check.
Volver a indignarme: Check.

El sábado fue un día super especial para mi. Desde la adolescencia, quizás antes, fui fan del arte del siglo XX. Me gusta su discurso, sus acabados, su pensamiento. Ha pasado casi un siglo desde que algunos de mis cuadros favoritos fueron pintados, y lo que me inquieta es que su contenido, su idea central sigue vigente… quizás el mundo no ha cambiado lo suficiente desde entonces. Aunque este no es el tema que me ocupa hoy.

El sábado por fin cumplí con una cita que había trazado en algún momento que ya no recuerdo con precisión, con una cita antigua y que tenía pendiente y presente. Una cita que no me quería perder por nada del mundo. Una cita que siempre creí que me colocaría frente al  creativo, frente a la chispa, frente al genio… y digo genio refiriéndome al carácter. Y llegó el día.

Nunca antes había pisado el Reina Sofía. Era de esos museos pendientes en mi lista, y este sábado reconozco que mi verdadero interés residía exclusivamente en la sala 206. Sin menospreciar su colección, ni el arte que contienen todas sus paredes… pero el sábado solo quería ver el Guernica… ver si era como mi imaginación lo había dibujado.M37_Guernica_09

Fue un sábado espléndido. Dormí hasta tarde, me sentía un poco mal desde la noche anterior, creo que la presión me pasa factura en algunos momentos; y el descanso era preciso. Me desperté en modo gato, incordiando al personal. Sobre la cama me estiré haciendo un par de figuras del poco yoga que he practicado… y con todo que fueron tres poses mi espalda se sintió mejor. Creo que necesito rebajar mis niveles de tensión urgentemente, y ver de qué manera puedo volver a compatibilizar el yoga con la escalada. Me gustaría hacer ambas cosas. Me haría bien.

Me duché. Estábamos listos para salir.

El metro fue fugaz, y nos llevó directos al museo. Reconozco una ligera euforia en mi interior. Compramos las entradas y como el museo estaba casi vacío, decidimos ir a comer algo. La hora que nos tomamos para comer también forma parte del día y del recuerdo compuesto que tengo del sábado. Me gusta escuchar lo que él tiene que contarme, me gusta la complicidad tácita que existe.M37_Guernica_05

Entramos al museo, y vagamos un poco por los pasillos. Debo confesar que nos equivocamos de sala porque, las pantallas del museo, no ha actualizado su contenido audiovisual y nos enviaron a la sala 102. Allí preguntamos donde estaba la sala del mural y nos enviaron directamente a la 206.

Entré. La sala estaba casi vacía. Sentí un escalofrío. Mi imaginación solo se había equivocado un poco en las proporciones, lo imaginaba un poco más panorámico. Aunque sospecho que la distorsión puede deberse a mi trabajo y la tendencia de trabajar cada vez en formatos más rectangulares.M37_Guernica_13

Primero crucé la sala hasta estar frente al mural, casi en el centro, quería ver la obra en su conjunto. Quería una imagen permanente en mi retina.

Y luego decidí avanzar hasta el límite marcado por una frágil barandilla de metal que brotaba del suelo. Emergía del mármol… y de cierta forma me irritaba. 

Hace cosa de un año estuve en el Louvre, y la forma de exponer el arte cambia sensiblemente, hay normas que dictan la lógica: no usar flash en las fotos, no tocar nada para no contaminar con grasa las piezas, jamás intervenirlas de modo alguno… civismo y lógica en estado puro. Y debo decir que en el Reina Sofía me sentí incómoda, impensable tomar fotos bajo la atenta y feroz mirada de los guardas repartidos por la sala y a penas reconocibles entre el público. Y que además te tratan casi como si fueras un criminal.

Comprendo la misión de resguardar nuestro legado artístico, soy la primera en defenderlo. Pero las incongruencias me irritan. En toda la sala 206 está prohibido… pero en otras salas del museo no. ¿Acaso varía el valor de una pieza a otra? ¿Acaso nos importan menos los cuadros o esculturas de otros artistas menos populares?… si está prohibido está prohibido en todas partes, y lo comprendo y respeto. Pero… ¿por qué unas salas si y otras no? ¿Por qué en el Louvre sólo hay un sutil recordatorio de quitar el flash y en el Reina Sofía tenemos variedad de criterios? Me gustaría saberlo para poder entenderlo.

Conste que no llamo a la rebelión y a desenfundar masivamente nuestras cámaras en un acto de rebeldía colectiva, pero sí que me gustaría que el discurso o la política de las instalaciones fuesen coherentes. De hecho, en mi intención está escribir al museo y pedir la explicación y el cambio de normativa.

Me cuesta además entender que me prohíban llevarme a casa lo que mis retinas vieron, porque al margen del conjunto, lo que realmente me cautivó del mural fueron sus partes… notar donde hubo un cambio de opinión, dónde la técnica quedó olvidada y pasó a ser un mero instrumento más que un fin en sí misma, ver los chorretones de pintura en los dientes de un caballo que estaba contemplado en todos sus ángulos en un mismo dibujo, y que por momentos engañaba a mi ojo pareciendo cientos de caballos. Ver las llamas en los edificios, la furia de las bestias y el grito de las madres. El grito de las madres me dolió en los ojos, sentí una punzada en algún rincón de mi corazón. Luego las espadas rotas, los miembros separados de sus cuerpos. Y sin embargo la luz, la luz proveniente de un foco desplazado ligeramente a la izquierda. Un foco de luz que me hizo sentir un pequeño halo de esperanza, una pincelada de fe, que me hizo creer que los horrores de la guerra pasarían. Y amé los espacios vacíos, que se resolvieron con planos grises compuestos casi bajo las normas del diseño gráfico más que de la pintura mural tradicional. Por un momento me pareció una obra contemporánea, una obra de arte urbano arrancada de las paredes de la ciudad, como nos pasa hoy por hoy con Banksy. Y que por la comparación me perdonen los puristas.

La forma en que yo veo la escena es tan íntima y personal, que una foto me habría ayudado a expresarlo, también me habría gustado tener una foto donde se viera como yo lo miraba … y NO, no me sirve una postal de la tienda del museo, porque esa postal no contiene el aire que circulaba entre el mural y mi pupila… no me sirve porque comprarla en ser cómplice de una prohibición estúpida que me impide fotografiar una de las obras mas críticas de nuestra  historia reciente… ¿qué contradicción, no? Una obra destinada a remover conciencias está de pronto encorsetada de una manera que me resulta un tanto vergonzosa.

Y conste en actas dos detalles, el primero, que antes de sentarme a escribir esto, me documenté online y en prensa, sobre las razones por las cuales pudiera estar prohibido fotografiar el mural, y en ninguna se alega su conservación.

Y la segunda (vuelvo a repetir) no estoy llamando a la rebeldía estúpida. Prefiero seguir las normas del sistema. ¿Qué pasaría si el museo recibieran un aluvión de peticiones para desbloquear la prohibición? ¿Qué pasaría si se satura el sistema utilizando sus propios canales regulares? No se si se lograrán cambios, pero por lo pronto yo me ocuparé de escribir mi carta. Si no te gusta algo, intenta cambiarlo.

Después de mucho rato… no se cuanto… supe que era hora de irme, y no quise despedirme del mural. Di la vuelta a la sala, disfruté de la visita y terminamos de transitar por el resto de las salas del museo. Fue una visita ligera, casi de desconexión, necesitaba digerir lo que había visto, lo que había sentido.M37_Guernica_01Y hubo un detalle final que me hizo particularmente feliz. En una de las últimas salas que pasamos, había un pequeño performance, que consistía en un chico agitando fuertemente cientos de clavos y tornillos dentro de un envase metálico… El ruido era espectacular, llenó las salas contiguas y el eco juraría que retumbó en el museo… Me sentí bien porque no todo está perdido, la falsa santidad de los espacios se puede romper para acercar el arte al espectador. Salí con una sonrisa en la cara.

Nada más salir del museo nos sentamos en las escaleras, en un muro elevado y descansamos un rato… me gusta contemplar la ciudad y la normalidad. Lo cotidiano que es para el madrileño pasar junto al museo, sin siquiera recordar lo que sus paredes resguardan.

Luego me fui hasta Gran Vía y me perdí entre la gente que transitaba la calle Fuencarral, para encontrare con mi amiga Irene y tomarnos juntas un helado! El mío era de yogurt, mango y frambuesas. El de frambuesas era un experimento a ver qué tal, y me gustó.

Más fotos aquí!

Próxima semana:  M+38 Hacer Tinta invisible.



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